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Resurgen las monterías
Antonio Adán Plaza.
El término ‘montería’ significa ‘jugarse el lance’. Se trata del momento culminante en el proceso venatorio, por el cual la pieza se presenta a una distancia adecuada del cazador. Un instante después la pieza habrá desaparecido y, muy posiblemente, no se presentará otra. Así lo explicó el maestro Ortega y Gasset en el espléndido prólogo a la obra “Veinte años de Caza Mayor”, del Conde de Yébes.
Todo aquel que ha cazado reconocerá que cada pieza, cuando entra, parece que va a ser la única. Es una ocasión fugaz que es preciso aprovechar y por eso recibe el nombre de ‘lance’. Tal vez no volverá a darse otro en todo el día. De ahí la tensión y la emoción, siempre renovada, siempre a flor de piel hasta en el más viejo cazador.
La sana y práctica teoría que antecede, el esfuerzo en aprenderla y los firmes propósitos y juramentos en cumplirla al pie de la letra, se convierten en agua de borrajas cuando llegue la ocasión. No se apunta, no se busca la ventaja del terreno, no se corre la mano, etc. Y es que se hace precisamente lo contrario de lo que deberíamos haber hecho. La presencia del animal, la idea de errar y el afán de abatirlo suelen conducir a tirar de cualquier manera y, sobre todo, con una precipitación imperdonable. Además, cuanto más cerca esté la pieza peor, pues el fallo será más probable a la vez que estrepitoso.
A esto hay que sumarle la incertidumbre del puesto agraciado, del tiempo reinante durante la jornada y de la mayor o menor cantidad de reses en la macha, siendo estos factores importantes para disfrutar de un buen lance.
Bajo estas premisas, el pasado día 8 de octubre, coincidiendo con la apertura de la veda, con más ilusión que devoción, muchos monteros despertaron con el anhelo de estrenar una nueva campaña montera. Otro año, otra temporada y un mismo inicio. Apenas una piara de cochinos en la mancha, que como se presumía no llegaron a romper en las posturas, por lo que el bagaje final fue escaso.
Sin embargo no es esto lo importante, ni lo que anima a acudir a estas citas venatorias desde lugares tan dispares de
Desde este día, hasta el aún lejano mes de febrero, las sierras españolas se verán quebradas por las voces del perrero, las salvas del trabuco y los latidos de los canes punteros. Los monteros se armarán de paciencia, aguantando las inclemencias del tiempo, para disfrutar de otra jornada, que como en muchas ocasiones acabará infructuosamente.
Pero esto es la esencia de las monterías, lo que nos mueve a acudir a ellas, la incertidumbre. Esta circunstancia que de manera excepcional supo plasmar Ortega y Gasset en su ensayo titulado “Sobre la caza”:
“Toda la gracia de la cacería está en que sea siempre problemática”. “No es esencial a la caza que sea lograda. Al contrario, si el esfuerzo del cazador resultase siempre, indefectiblemente afortunado, no sería esfuerzo de caza, sería otra cosa”:
Mucho han cambiado los tiempos y también las tradiciones y costumbres en el ámbito cinegético. Desde que se empezara a popularizar la montería aproximadamente a mediados del siglo XIX y dejara de ser cosa de reyes y nobleza, la evolución y transformación ha sido abismal. Muchas de estas tradiciones, esencias y buen hacer se han ido abandonando por la escasez de tiempo disponible, por la poca costumbre montera de los participantes en estas reuniones y por la gran comercialización de la caza en los últimos años.
Afortunadamente aún quedan este tipo de monterías que mantiene las prácticas de antaño, sin basarse en la opulencia ni el logro de espectaculares resultados, sino en compartir, disfrutar de la verdadera entidad cinegética, respetar la naturaleza, el entorno, los compañeros y cada uno de los elementos necesarios para esta finalidad.
Monterías a la que me gusta asistir, participar y formar parte de ellas, esperando encontrarme con muchos de vosotros para mantener entre todos esta modalidad única y tradicional; ¡La montería española!.
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