Definir
un infinitivo, es algo bastante complicado, máxime
cuando se trate de palabras como; soñar, amar, etc.
Para
expresar correctamente la acción de buscar, atraer,
perseguir o acosar a los animales silvestres, el único
infinitivo correcto, actual y permanente es el de “cazar”.
La
Ley de Caza de 1.971, proyectaba de forma dogmática
esta singular definición:
Se
considera acción de cazar la ejercida por el hombre
mediante el uso de artes, armas o medios apropiados para
buscar, atraer, perseguir o acosar a los animales definidos
en esta Ley como piezas de caza, con el fin de darles muerte,
apropiarse de ellos o de facilitar su captura por terceros.
Nos
damos perfecta cuenta, el gran defecto que significa conceder
únicamente al hombre la capacidad de cazar, como
si no hubiera otros muchos seres vivos que también
cazan.
Buscando
la definición que hace el Diccionario de la Real
Academia de la Lengua Española, encontramos lo siguiente:
Buscar
o seguir a las aves, fieras y otras muchas clases de animales
para cogerlos o matarlos.
Si
nos fijamos bien, nos damos cuenta que nuestros doctos académicos,
no han estado muy acertados en la definición de la
palabra cazar, porque esta explicación no se justifica
como, por el simple hecho de buscar o de seguir - al parecer
sin arma alguna – pueden resultar muertas las aves,
fieras y esas otras muchas clases de animales.
Si
leemos un texto del gran cazador e ilustre académico,
Miguel Delibes, vemos que afirma con sobradas razones que
Cazar es otra cosa que matar. Cazar es descubrir
el campo, buscar la pieza, tirarla, cobrarla o ver como
se escapa, porque incluso no es necesario tener que matar
para saber cazar. La Caza es un misterio.
Y
es que la cosa es complicada. Y si intentamos entrometernos
por los vericuetos filosóficos de la caza todavía
más, desde que la pluma incomparable de José
Ortega y Gasset, redactó las fabulosas cuartillas
de su Prólogo a la obra de Eduardo Yebes
Veinte años de caza mayor, agotando en forma
a la vez sucinta y exhaustiva el tema de la cinegética.
Si no nos atropellamos al iniciar esta meditación,
dice Ortega en su prologo – caeremos en la cuenta
de que no es matar el propósito exclusivo de la cacería.
Otra
vez se subraya aquí la afirmación de que no
es precisamente la muerte de la pieza el objeto preferencial
de la venatoria. Lógico es, pues, que ahora, aprovechando
las magistrales doctrinas de Ortega y los enigmas de Delibes,
coincidentes con otros criterios ya expuestos, sea tiempo
de preguntar: ¿Y entonces, que diablos de ejercicio
es ese que apedillandose caza, no exige sin embargo la muerte
de la pieza?. La idea generalmente mantenida de la acción
de cazar, ¿no implica obligadamente la necesidad
de matar?.
Pues,
no. Y ese es el misterio a que aludía Delibes. Porque
parafraseando una sentencia sabia y popularizada que habla
de vivir y de navegar, cazar es necesario; matar
no es necesario.
El
cazador-tipo; el verdadero cazador, ama mucho más
a los seres vivos y salvajes que la masa media y tierna
de sus detractores.
¿Cómo se puede ser al mismo tiempo, apóstol
de la protección al medio natural y empedernido cazador?.
Y
aquí si que viene a cuento reforzar las autorizadísimas
opiniones transcritas, enlazando la imprescindible función
conservadora de la fauna con la auténtica definición
de la caza en su sentido más actual y respetable.
El
cazador –sujeto del infinitivo verbal analizado-,
si lo es de verdad, no es otra cosa que un simple y llano
enamorado de la Naturaleza. Un ser tan apegado a la piel
física y hasta celeste del planeta, que sueña
y vive no solo para las perdices o liebres sino para amaneceres,
arroyos, vientos y calores.
El
cazador nato no sólo ama a Los animales que persigue,
sino a todo el entorno natural que las cobija o las alimenta.
Y forma parte de su oficio el madrugar, no sólo porque
la del alba sea buena hora para lances y aguardos sino porque
gusta de adentrarse en las bajas neblinas de esas horas
mágicas que apenas puede dorar un sol recién
nacido. Y sufre ventiscas y aguaceros, no porque maliciosas
ambiciones le lleven a padecer semejantes azotes con tal
de abarrotar el zurrón o cobrar el trofeo ambicionado,
sino porque también el resbalar de la lluvia sobre
el rostro o el repicar del granizo en los zahones le suena
a gloria, sabe Dios por qué incomprensibles razones.
La
caza no es la persecución cruel de un ser indefenso.
La caza no es tampoco aquella fría «persecución
razonada» que comentábamos. La caza, aunque
muchos no lo entiendan y muy po-cos lo crean, está
más cerca del amor que de la violencia.
Y
¡ ay de aquéllos que calificándose a
sí mismos como cazadores, no sientan por encima del
placer del disparo aquellos otros goces naturales de pisar
la escarcha en las umbrías o descifrar por la leve
oquedad de las huellas en el barro, la marcha y las querencias
de las reses!.
Esto
nos lleva de la mano -aunque sea de pasada— a un inciso
que vale la pena subrayar: La caza como ocupación
«felicitaría» del hombre -y seguimos,
queramos o no, palabras y conceptos orteguianos- cumple
su función en los tres tiempos -pretérito,
presente y futuro- en que nos es dado a los hombres gozar
de un suceso con el recuerdo, con la acción inmediata
o con la ilusión esperanzada.
Quizás convenga, en efecto, señalar, para
mejor comprender la dificultad que entraña definir
con precisión la enjundia de lo cinegético,
que el legítimo aficionado, el auténtico apasionado
por este ejercicio singular, comienza ya a cazar, en vísperas
de salir al campo, mientras prepara canana y municiones
o mira y remira el doble y deslumbrante brillo interior
de los cañones del arma, en tanto que se asoma a
la ventana preguntándole al cielo lo que quieren
decir aquella nube rosa o este celaje nacarado que pone
gasas irisadas a la luna.
Ya
disfruta en lo que pudiéramos llamar tiempo futuro,
relamiéndose de gozo ante las incertidumbres -aguas,
vientos, soles-, de la jornada inédita. Pero luego
culminará el entusiasmo de su dedicación en
la plenitud de la práctica venatoria, frente al monte
bajo, ensombrecido de enig-mas o ante el barbecho que disfraza
entre los pardos surcos, inesperadas arrancadas de liebres
en-camadas o vibrantes vuelos de imprevistas perdices.
Gozará
del presente y concluida la aventura llegará la dulce
gloria del recuerdo. La felicidad del pasado, con su dorada
aureola de reproches propios, tolerables exageraciones y
-sobre todo-nostalgias nacidas en un lapso de apenas unas
horas como nuevo acicate para las próximas -y ya
soñadas- empresas.
No
era realmente éste nuestro camino pero nos dejamos
caer deliberadamente fuera de él, por un instante,
para recalcar que algo mágico debe rodear al verbo
«cazar» cuando es capaz de encerrar en su simplicidad
encantos sobrados para perfumar el ayer, el hoy y el mañana
de quien lo practica, aunque ni él ni nosotros sepamos
gramaticalmente definirlo.
Se
podría ampliar esta divertida expedición más
allá de las fronteras del tiempo, extrayendo de su
consideración las más jubilosas consecuencias
-la broma, la mentira, la ilusión frustrada, la realidad
inverosímil-, si no fuera por que tenemos que desandar
obligadamente la vereda como cuando se echa de menos la
cantimplora que se dejó olvidada a la sombra descansada
de un olmo y se piensa que será insustituible al
proseguir la marcha por los surcos de Agosto, mientras se
aguarda que surja al paso la sorpresa de la minúscula
codorniz que alza su vuelo.
Atábamos
en otros temas. En el de la «no-limitación»
del verbo cazar a la tosca acción de destruir, y
a la vez en el de estudiar la paradoja de que puedan ser
precisa-mente los cazadores quienes más amen el deslumbrante
espectáculo del campo abierto, en que ejercitan su
destreza.
Yo
recuerdo un amanecer en los montes de Reres, por las cumbres
que separan y unen a leo-neses y asturianos, en que se producía
tal equilibrio entre la niebla que ascendía de lo
hondo, la peña que se arrebolaba en lo alto y el
candor del celaje, que lo menos importante era el rebeco
que erguía lejos su silueta gentil en contraluz de
auroras.
Estaba
allí. Formaba parte, con su cuerpecillo tostado y
la picara y doble curvatura de su cuerna, del cuadro virginal
de la montaña azul y rosa, pero no necesariamente
como pieza de caza, sino como animal de caza que es cosa
ajena y bien distinta.
Estorbaba
el rifle casi tanto como el viejo chaleco que empezaba a
pesar conforme el sol se alzaba. Y sin embargo me hallaba
cazando. Me sentía cazando... ¿Cómo
cabe explicar que se ande de caza y no se exija -apretada
y presta- la presencia del arma?.Pues simple y llanamente,
porque tan metido estaba en la belleza de la caza misma,
que no me resultaba urgente ni imprescindible hacer restallar
el fúnebre látigo de la muerte en la cando-rosa
y viva plenitud matinal.
Y
porque -con toda seguridad- solamente se hubiera despertado
en mí el viejo instinto de la captura, si la pieza
admirada lo hubiera sido tanto que hubiera sido capaz de
despertar en mis raíces de erotismo silvestre, la
necesidad de poseerla. Sí; de poseerla. De sentirla
cercana y propia, palpada con las manos. Pero palpada sin
odio y sin indiferencia, sino con efusivo respeto; con paradójica
ternura. O, si se quiere, con amor...
Con
amor. He aquí lo que muchas gentes no quieren o no
pueden entender, y lo que eleva a la categoría de
misterio interior la intención cazadora. Porque,
para empezar, el hombre del rifle o la escopeta, para llevar
las armas con vocación auténtica, tiene que
sentir devoción, no sólo por los animales
del monte, sino por todo el grandioso hueco de intemperies
que acongoja sus pasos recelosos.
El
cazador que lo es de los pies a la cabeza y no ha llegado
a la práctica de su ejercicio favo-rito a través
de barrocos senderos de snobismos, ni con la exclusiva finalidad
de sembrar vani-dades de puntería o de destreza,
comienza ya por acariciar apasionadamente los perfiles fami-liares
de las sierras donde habita la caza; se queda como embobado
-otro penoso signo de amores- escudriñando desde
la lejanía los peñones cimeros, las cálidas
solanas o las negras um-brías; aspira con especial
deleite al aire de las jaras y la tierra mojada.
Adora
los escenarios naturales y la soledad de las tierras, pero
no con ojos de escalador arriesgado ni de pasivo paisajista,
sino porque sabe que dentro de aquel mundo orográfico
de largas pinceladas —ocres o verdes, grises o doradas-
viven y se agitan los enigmáticos y deseados animales
silvestres. Obra como un enamorado al cual gusta la contemplación
de la fachada tras la cual habita la persona amada o aspirar
el aroma que recuerda su presencia cercana, para soñar
con callada nostalgia en la delicia de la felicidad ausente.
Lo
escrito anteriormente, entre otros comentarios, es un extracto
de la magnífica obra LOS LIBROS DE LA CAZA ESPAÑOLA.